Es inútil abrir los ojos en la oscuridad inmensa
engendrada por un sol de justicia ciega;
estéril el desierto de piedra y cristal
cuyas sendas convergen en un horizonte inverosímil;
imposible divisar los viejos y nuevos interrogantes
que flotan en el aire envenenado y denso.
Todos los signos, las palabras incapaces
de descifrar el código del absurdo.
Prevalece el silencio atronador y obtuso
sobre el débil sonido de armonía gastada.
La nota que surge de entre el océano gris
se hunde tan pronto como toca el cielo.
Al ritmo de las espadas de acero,
cruzadas sobre la gris esfera sin rostro,
danzan las criaturas en un carnaval perpetuo.
ajenas al sorteo que dictamina la suerte,
ignorantes de las pasadas cuentas
que no quedarán sin ser pagadas.
jueves 10 de septiembre de 2009
miércoles 22 de julio de 2009
Sí a la vida, sí a la paz, sí al perdón
La población del planeta aumenta a pasos agigantados. Los recursos energéticos y alimenticios se agotan. La flora y la fauna, sustento de la raza humana, pierden terreno en un planeta recalentado que sacude ocasionales zarpazos en forma de maremoto o huracán. La miseria no sólo permanece, sino que se expande. La codicia desenfrenada y su hijo, el liberalismo salvaje, impiden cualquier atisbo de distribución equitativa de la riqueza. Por si esto fuera poco, los noticiarios se desbordan cada día con los crímenes más atroces: hombres y mujeres asesinados, inocentes mutilados, niños secuestrados y violados, bebes apaleados, incendios provocados que arrasan con vida vegetal, animal y humana. Todo esto constituye parte de la obra de esta raza de víboras que es el ser humano. El horror emerge por todas partes, aunque prefiramos dejarnos seducir por los placeres y los lujos del mundo moderno, o por las penúltimas gestas del Farsa y el Mierdid.
Desde A mí no me preguntes, este insignificante proyecto hace ya tiempo agotado, propongo siquiera el debate en torno a una medida sencilla y práctica destinada a combatir al mismo tiempo la superpoblación de las cárceles, la miseria y el crimen: la eliminación compasiva. En otras palabras, la liquidación benéfica de individuos funestos para la sociedad. Tomemos por caso el de un pederasta. Da igual que haya matado o torturado, con que haya abusado de una criatura, ese sujeto debe ser eliminado compasivamente. Por caridad hacia él mismo, hacia su víctima, hacia la humanidad, hacia el planeta. Sin rencores ni odio; antes al contrario, la sociedad debe perdonarlo y compadecerse de él (o ella) en el momento previo a alimentar con sus despojos los bellos leones que languidecen en los zoos, o los majestuosos buitres que –ay– cada vez en menor número sobrevuelan los campos y también tienen derecho a comer. Sin sentimiento de revancha, sino con lástima por la despedida de quien ha hecho un daño irreparable.
Soy inconsciente de lo impopular de opiniones de este tipo. Se dice que así la sociedad se equipara al criminal. Solicito amplitud de miras. Dejemos atrás los prejuicios y los tabúes. No caigamos en sentimentalismos baratos. La sociedad, eliminado a un elemento dañino, hace el bien; quien viola a un niño, hace el mal.
Podrá argumentarse que ésta es una medida cruel, salvaje, propia de civilizaciones primitivas. Claro. Lo avanzado es, cuando una cobra venenosa penetra en la casa, asignarle una habitación con cama y cuarto de baño y darle de comer tres veces al día. Aunque no es un ejemplo muy acertado, ya que el bicho, a diferencia del criminal, no sabe lo que hace. Pongámonos en la piel de una víctima, de sus padres, de sus hermanos. Seamos solidarios: la eliminación compasiva es, antes de nada, solidaria.
Podrá argüirse, desde los puntos de vista de las religiones --respetables todas en principio, pero que jamás deberían ser vinculantes con la ley--, que la vida sólo pertenece a Dios. Pero ¿a cuál? El Yahvé de los judíos y de los cristianos --si, de los cristianos, aunque luego el hombre que decía ser su hijo le llevó la contraria al instar a la gente a amar al enemigo-- postulaba la venganza, el ojo por ojo. Del Alá del Corán qué decir que no sepa todo el mundo: guerra santa al infiel. El budismo da por cierta la reencarnación, con lo que la vida es, en el fondo, indestructible. En definitiva, la eliminación compasiva es compatible con las confesiones mayoritarias.
Se podrá señalar un supuesto carácter fascista de la medida. No lo es en absoluto. De hecho, las agresiones de índole totalitaria, ya fueren racistas, xenófobas, sexistas o sectarias de cualquier tipo, serían susceptibles de la aplicación de la eliminación compasiva. Esta medida habría de tratar a todos por igual con independencia de nacionalidad, sexo, características físicas, adherencia política o patrimonio. La generosidad de la eliminación compasiva no conocería límites. Tampoco se trataría de eliminar enfermos mentales así porque sí. Uno puede tener los impulsos internos o las fantasías que le plazcan, siempre y cuando mantenga sus demonios a raya y una carencia de principios fundamentales no lo arrastren a destruir la integridad del prójimo.
Se dirá que la ley está para respetar aquello que protege, y que si defiende la vida como valor absoluto, jamás debe destruirla. Si siguiéramos este razonamiento, la sociedad no debería encarcelar a nadie, puesto que también la libertad se puede considerar un derecho inalienable a todo ser humano.
¿Y los errores judiciales? Pongamos que por cada mil eliminaciones, por buena voluntad que se ponga, pagará algún justo por pecador. Pero no hay que desdeñar el número de vidas inocentes que se salvarían.
Quedaría en el aire la cuestión de los delitos en los que se aplicaría la eliminación compasiva. Si bien en algunos casos resulta obvio por lo abyecto de los crímenes, esta cuestión requeriría, lógicamente un profundo y estudiado consenso. En cuanto al método de liquidación, convendría, por supuesto, adoptar el más barato y ecológico. Siempre, eso sí, evitando el espectáculo morboso.
Por suerte o por desgracia, esto que planteo suena a fanático, antediluviano, trasnochado. Vivimos en una sociedad demasiado tolerante, respetuosa, pacífica y civilizada como para tener en cuenta semejante cosa. Es evidente que hemos avanzado mucho. Basta con no ver los telediarios y no leer los periódicos para comprobarlo.
Desde A mí no me preguntes, este insignificante proyecto hace ya tiempo agotado, propongo siquiera el debate en torno a una medida sencilla y práctica destinada a combatir al mismo tiempo la superpoblación de las cárceles, la miseria y el crimen: la eliminación compasiva. En otras palabras, la liquidación benéfica de individuos funestos para la sociedad. Tomemos por caso el de un pederasta. Da igual que haya matado o torturado, con que haya abusado de una criatura, ese sujeto debe ser eliminado compasivamente. Por caridad hacia él mismo, hacia su víctima, hacia la humanidad, hacia el planeta. Sin rencores ni odio; antes al contrario, la sociedad debe perdonarlo y compadecerse de él (o ella) en el momento previo a alimentar con sus despojos los bellos leones que languidecen en los zoos, o los majestuosos buitres que –ay– cada vez en menor número sobrevuelan los campos y también tienen derecho a comer. Sin sentimiento de revancha, sino con lástima por la despedida de quien ha hecho un daño irreparable.
Soy inconsciente de lo impopular de opiniones de este tipo. Se dice que así la sociedad se equipara al criminal. Solicito amplitud de miras. Dejemos atrás los prejuicios y los tabúes. No caigamos en sentimentalismos baratos. La sociedad, eliminado a un elemento dañino, hace el bien; quien viola a un niño, hace el mal.
Podrá argumentarse que ésta es una medida cruel, salvaje, propia de civilizaciones primitivas. Claro. Lo avanzado es, cuando una cobra venenosa penetra en la casa, asignarle una habitación con cama y cuarto de baño y darle de comer tres veces al día. Aunque no es un ejemplo muy acertado, ya que el bicho, a diferencia del criminal, no sabe lo que hace. Pongámonos en la piel de una víctima, de sus padres, de sus hermanos. Seamos solidarios: la eliminación compasiva es, antes de nada, solidaria.
Podrá argüirse, desde los puntos de vista de las religiones --respetables todas en principio, pero que jamás deberían ser vinculantes con la ley--, que la vida sólo pertenece a Dios. Pero ¿a cuál? El Yahvé de los judíos y de los cristianos --si, de los cristianos, aunque luego el hombre que decía ser su hijo le llevó la contraria al instar a la gente a amar al enemigo-- postulaba la venganza, el ojo por ojo. Del Alá del Corán qué decir que no sepa todo el mundo: guerra santa al infiel. El budismo da por cierta la reencarnación, con lo que la vida es, en el fondo, indestructible. En definitiva, la eliminación compasiva es compatible con las confesiones mayoritarias.
Se podrá señalar un supuesto carácter fascista de la medida. No lo es en absoluto. De hecho, las agresiones de índole totalitaria, ya fueren racistas, xenófobas, sexistas o sectarias de cualquier tipo, serían susceptibles de la aplicación de la eliminación compasiva. Esta medida habría de tratar a todos por igual con independencia de nacionalidad, sexo, características físicas, adherencia política o patrimonio. La generosidad de la eliminación compasiva no conocería límites. Tampoco se trataría de eliminar enfermos mentales así porque sí. Uno puede tener los impulsos internos o las fantasías que le plazcan, siempre y cuando mantenga sus demonios a raya y una carencia de principios fundamentales no lo arrastren a destruir la integridad del prójimo.
Se dirá que la ley está para respetar aquello que protege, y que si defiende la vida como valor absoluto, jamás debe destruirla. Si siguiéramos este razonamiento, la sociedad no debería encarcelar a nadie, puesto que también la libertad se puede considerar un derecho inalienable a todo ser humano.
¿Y los errores judiciales? Pongamos que por cada mil eliminaciones, por buena voluntad que se ponga, pagará algún justo por pecador. Pero no hay que desdeñar el número de vidas inocentes que se salvarían.
Quedaría en el aire la cuestión de los delitos en los que se aplicaría la eliminación compasiva. Si bien en algunos casos resulta obvio por lo abyecto de los crímenes, esta cuestión requeriría, lógicamente un profundo y estudiado consenso. En cuanto al método de liquidación, convendría, por supuesto, adoptar el más barato y ecológico. Siempre, eso sí, evitando el espectáculo morboso.
Por suerte o por desgracia, esto que planteo suena a fanático, antediluviano, trasnochado. Vivimos en una sociedad demasiado tolerante, respetuosa, pacífica y civilizada como para tener en cuenta semejante cosa. Es evidente que hemos avanzado mucho. Basta con no ver los telediarios y no leer los periódicos para comprobarlo.
miércoles 27 de mayo de 2009
Gracias Barça por nada
El Fútbol Club Barcelona exhibe desde hace dos décadas, cuando Cruyff tomó el mando, un patrón de juego y un modelo deportivo hoy admirados en todo el planeta. Van Gaal, Rikjaard y ahora Guardiola han continuado una tradición que ha tenido escasas, breves y desafortunadas interrupciones. El actual campeón español de Liga y Copa del Rey, y que se juega esta noche ante el Manchester Yunáitid la corona europea, despliega un fútbol rápido y combinativo que pasa por una perfecta distribución de los espacios. Por si esto fuera poco, presionan como posesos a los rivales cuando éstos tiene la pelota, la cual pronto recupera una velocidad de vértigo en los talentosos pies de los blaugranas. O sea, la hostia, como decía el guiñol de Javi Clemente. Semejante prodigio no se ha conseguido a puro golpe de talonario, sino que, como digo, surge también de una filosofía deportiva que, hoy más que otros años, fabrica en casa tanto como compra fuera. Así lo atestigua la presencia de Valdés, Puyol, Piqué, el maestro relojero Xavier Hernández Creus, Busquets, Messi, Bojan, y por supuesto Iniesta, el chico discreto, bajito pálido y cabezón que juega como los ángeles y que hace un par de semanas nos dio una alegría a muchos con su épico gol londinense. Yo tengo --es decir, tenía hasta hace nada-- una muy tenue, vaga, remota, admiración por el Barça, más que nada por antipatía hacia el Madrid. Ahora bien, andando por medio el Sporting, las ruinas del Camp Nou me dejarían impávido.
Sucedió que el pasado sábado recibieron los campeones a Osasuna, contra el que el equipo de Asturias se disputa la permanencia. Y he aquí que no fueron vapuleados los de Camacho, sino que se llevaron los tres puntos, al parecer sin excesiva oposición por parte de un combinado de secundarios apáticos. Aunque el Sporting sigue dependiendo de sí mismo --bastaría con ganar al Recre (ya descendido, y sin embargo ardua misión) en El Molinón la próxima y última jornada--, lo que hicieron los catalanes no es bien. No es bien, primero porque deben un respeto máximo a todos sus rivales y a la competición en la que acaban de campeonar. Y por otra parte, tampoco es imposible que en un futuro se dé el siguiente escenario:
Temporada 201X-201X+1, últimas jornadas. El Madrid y el Barcelona se disputan el campeonato de Liga. El Sporting, salvado matemáticamente y en media tabla, recibe a los blancos, para los que una victoria significaría el alirón. ¿Qué exigiría el sportinguismo en tal situación? Pues, como este domingo que viene el Madrid gane en el antiguo Sadar, no hay ninguna duda: a dejarse ganar, chavales, que éstos no salvaron el pellejo en 2009 cuando los otros nos dejaron al borde del barranco. Aunque intuyo que tampoco hay que esperar mucho de quienes llevan más de un siglo cacareando su presunto señorío y su ocasional carácter ganador; los que fueron los mejores seis veces con Franco y otras tres con Aznar. Ala, Madrid, ala, todos a una y eso que algunos dicen del club navarro. Sus y a ellos.
Gracias, Barça, porque ahora podré ver la final de la Champions sin nervios, sólo por el placer de ver un partidazo. Gracias por nada. Álcese emperador en Roma el mejor. Mi única lealtad balompédica, en cambio, no la puedo elegir, porque ningún hombre es dueño de sus pasiones: sálvate, Sporting.
Sucedió que el pasado sábado recibieron los campeones a Osasuna, contra el que el equipo de Asturias se disputa la permanencia. Y he aquí que no fueron vapuleados los de Camacho, sino que se llevaron los tres puntos, al parecer sin excesiva oposición por parte de un combinado de secundarios apáticos. Aunque el Sporting sigue dependiendo de sí mismo --bastaría con ganar al Recre (ya descendido, y sin embargo ardua misión) en El Molinón la próxima y última jornada--, lo que hicieron los catalanes no es bien. No es bien, primero porque deben un respeto máximo a todos sus rivales y a la competición en la que acaban de campeonar. Y por otra parte, tampoco es imposible que en un futuro se dé el siguiente escenario:
Temporada 201X-201X+1, últimas jornadas. El Madrid y el Barcelona se disputan el campeonato de Liga. El Sporting, salvado matemáticamente y en media tabla, recibe a los blancos, para los que una victoria significaría el alirón. ¿Qué exigiría el sportinguismo en tal situación? Pues, como este domingo que viene el Madrid gane en el antiguo Sadar, no hay ninguna duda: a dejarse ganar, chavales, que éstos no salvaron el pellejo en 2009 cuando los otros nos dejaron al borde del barranco. Aunque intuyo que tampoco hay que esperar mucho de quienes llevan más de un siglo cacareando su presunto señorío y su ocasional carácter ganador; los que fueron los mejores seis veces con Franco y otras tres con Aznar. Ala, Madrid, ala, todos a una y eso que algunos dicen del club navarro. Sus y a ellos.
Gracias, Barça, porque ahora podré ver la final de la Champions sin nervios, sólo por el placer de ver un partidazo. Gracias por nada. Álcese emperador en Roma el mejor. Mi única lealtad balompédica, en cambio, no la puedo elegir, porque ningún hombre es dueño de sus pasiones: sálvate, Sporting.
martes 28 de abril de 2009
El bienhechor
La tenue luz de las farolas a duras penas mitigaba la noche cerrada, fría y húmeda, cuando reconocí al instante su silueta contrahecha y su paso errabundo en sentido contrario al mío. Era mi amigo Mariano. Cabizbajo como iba, ni siquiera me habría visto de no haberme dirigido a él.
-¿Que cómo me va? No lo quieras saber. Me echaron del trabajo, mi mujer se ha ido con los niños, y eso es sólo el principio.
El pobre hombre anhelaba un hombro sobre el que llorar. Traté de animarlo:
-No pierdas la esperanza de que las cosas mejoren. Mientras tanto, te convendría cultivar alguna afición, algo habrá que te ilusione.
-¡Ah, sí, ya lo creo! -dijo súbitamente reanimado. -He tenido conocimiento de que Sus Majestades Los Reyes vendrán a visitar la ciudad en fechas próximas, jubilosa noticia esta que llena mi alma de gozo y ensancha mi corazón.
No supe si bromeaba. Nunca había sido cursi ni se había distinguido por su sentido del humor.
-¿Qué me estás contando? ¿Qué Reyes? ¿Los Reyes Magos?
-¡No, por favor, insensato! Nada menos que don Juan Carlos y doña Sofía. Tan sólo de pensar que pronto podré verlos en persona cada rincón de mi ser vibra de emoción. Espero haber encontrado para entonces una ocupación, la que fuere, pues no tengo otro afán que el de honrar y servir a Sus Majestades. Una mirada de ellos me apartaría de todo mal.
En verdad estaba arrebatado por una suerte de misticismo monárquico. Su rostro, otrora moreno, había adquirido una palidez espectral. Como no podía dejarlo solo en aquel estado, me ofrecí a acompañarlo a su casa, que estaba a la vuelta de la esquina.
Allí asistí al funesto espectáculo de ver a un hombre intentar ahogar su dolor en agua de fuego. Todo intento de persuadirlo de que depusiera su actitud era inútil; cualquier interpelación a su raciocinio, ociosa. Tan pronto sollozaba amargamente como reía con la alegría de un niño. Y el condenado no dejaba de hablar, y nada de lo que decía tenía el menor sentido. Llegó a confesarme patéticamente que nunca había amado a su mujer. Cuatro vasos suyos y dos míos después, le pregunté si tenía un seguro de vida, a lo que me balbuceó que sí, no sé si entre risas o entre llantos. Me levanté de la butaca, entré en la cocina y agarré un cuchillo de carnicero. Regresé al salón e hice lo que había que hacer. No piensen ustedes mal. Fue un acto de compasión. Tras acercarme por detrás como un cuco sobrevolando el nido ajeno, de un corte bastante limpio le seccioné la yugular. No fue una decisión mía, sino de la providencia, que delegó en mí para liberar aquella alma atormentada del lastre de la existencia corpórea. En la última mirada muda que me dirigió mientras se desangraba vislumbré un destello de entendimiento, incluso de gratitud. Cuando por fin hubo expirado, extraje unos billetes de la cartera de Mariano para que el móvil del homicidio pareciera un robo y me fui de allí con la satisfacción de haber ayudado a un amigo, al que perdono de corazón el haber sido un pelmazo hasta el final.
Tengo para mí que el primer deber de una persona es el de ayudar a encontrar su propio camino al prójimo que se halla desnortado. No decirle cuál es, sino darle alguna herramienta para que él lo encuentre por sí mismo. Ese fin y no otro me impulsó en mi ya algo lejana juventud a convertirme en lo que soy, catedrático de filosofía. No obstante, trato de interferir lo menos posible en la vida de mis alumnos, salvo en casos desesperados como el de Catalina, una chica de 16 años. No vayan a pensar ustedes mal, no tomé con ella la misma medida que con Mariano. Sucedió que sus notas habían decaído alarmantemente en el último trimestre. De un comportamiento modélico había pasado a la estulticia propia de una adolescente silvestre y descerebrada. De modo que, al terminar una clase, la insté a que hiciera el favor pasara a verme por mi despacho, a última hora:
-Catalina, haz el favor de pasar a verme a mi despacho, a última hora -fueron, en efecto, mis palabras.
Se personó con su carpeta entre los brazos e identifiqué de inmediato la raíz de su mal: llevaba la carpeta forrada con decenas de fotos del futbolista Fernando Torres. Con la casaca del Liverpool y con la de España, el apolíneo efebo aparecía siempre vestido de un rojo tan encendido como la obsesión enfermiza que sufría la desventurada chica. Entre hondos suspiros que agitaban su esbelta figura, me confesó que llevaba noches sin dormir pensando en él y en cuándo le contestaría a alguna de sus cartas.
-Yo sé que hay algo entre él y yo, profe, por abusurdo que parezca. Sé que no estoy bien, que podría salir con algún chico del instituto, mas esta pasión enardecida me arrastra y me posee una fuerza inusitada y siento que mi vida es un estéril derroche de espacio y de tiempo encaminado a la nada.
También ella estaba alienada. También ella hablaba como un poeta de vía estrecha. Se quitaba cada poco sus gruesas gafas para enjuagarse las lágrimas que le inundaban los ojos.
-Luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Lo... Catalina. Anda, ven, siéntate aquí, a mi lado.
No piensen ustedes mal. El deseo que me despertaba su joven sensualidad no era nada en comparación con mi voluntad de exorcizarla. Aunque se resistió al principio, pronto cedió a mi superioridad física y se entregó a mí. Ayudó el hecho de que llevara falda. El reloj avanzaba despacio e inexorable. Creo que la aguja llegó a dar dos vueltas completas. Al segundero me refiero -qué quieren, en cualquier momento podía asomar alguien por la puerta-.
Al terminar, quedóse lívida y sin habla la muchacha, momento que aproveché para hacerle ver la conveniencia de guardar silencio.
-El árbol caído en el bosque no ha hecho ruido si los que lo oyeron derrumbarse callan por siempre. Si lo contaras, sería tu palabra contra la mía, yo ganaría el litigio y sobre ti pesaría siempre la sospecha. No sé qué sería peor para ti: si el estigma de haber mantenido relaciones voluntariamente con un profesor o la desgracia de haber sido violada. Te sugiero que no mires atrás, no sea que te conviertas en estatua de sal. Céntrate en tus estudios, sal con tus amigas, haz una vida normal.
Con una experiencia traumática a la que sobreponerse, dejaría de comerse la cabeza con su amor imposible. Una vez más supe que había hecho lo correcto y me dejé mecer por la sensación de bienestar que nos otorga el ayudar a nuestros semejantes, pero sin caer en la autocomplacencia. Después de todo, no me correspondía más mérito que el de cumplir fielmente con las directrices del destino.
Cerré la puerta de mi despacho y salí a la calle, sobre la que la noche comenzaba un nuevo reinado. Invisibles la luna y las estrellas, quizá el viento helado me soplaría al oído el rumbo hacia mi próxima buena obra.
-¿Que cómo me va? No lo quieras saber. Me echaron del trabajo, mi mujer se ha ido con los niños, y eso es sólo el principio.
El pobre hombre anhelaba un hombro sobre el que llorar. Traté de animarlo:
-No pierdas la esperanza de que las cosas mejoren. Mientras tanto, te convendría cultivar alguna afición, algo habrá que te ilusione.
-¡Ah, sí, ya lo creo! -dijo súbitamente reanimado. -He tenido conocimiento de que Sus Majestades Los Reyes vendrán a visitar la ciudad en fechas próximas, jubilosa noticia esta que llena mi alma de gozo y ensancha mi corazón.
No supe si bromeaba. Nunca había sido cursi ni se había distinguido por su sentido del humor.
-¿Qué me estás contando? ¿Qué Reyes? ¿Los Reyes Magos?
-¡No, por favor, insensato! Nada menos que don Juan Carlos y doña Sofía. Tan sólo de pensar que pronto podré verlos en persona cada rincón de mi ser vibra de emoción. Espero haber encontrado para entonces una ocupación, la que fuere, pues no tengo otro afán que el de honrar y servir a Sus Majestades. Una mirada de ellos me apartaría de todo mal.
En verdad estaba arrebatado por una suerte de misticismo monárquico. Su rostro, otrora moreno, había adquirido una palidez espectral. Como no podía dejarlo solo en aquel estado, me ofrecí a acompañarlo a su casa, que estaba a la vuelta de la esquina.
Allí asistí al funesto espectáculo de ver a un hombre intentar ahogar su dolor en agua de fuego. Todo intento de persuadirlo de que depusiera su actitud era inútil; cualquier interpelación a su raciocinio, ociosa. Tan pronto sollozaba amargamente como reía con la alegría de un niño. Y el condenado no dejaba de hablar, y nada de lo que decía tenía el menor sentido. Llegó a confesarme patéticamente que nunca había amado a su mujer. Cuatro vasos suyos y dos míos después, le pregunté si tenía un seguro de vida, a lo que me balbuceó que sí, no sé si entre risas o entre llantos. Me levanté de la butaca, entré en la cocina y agarré un cuchillo de carnicero. Regresé al salón e hice lo que había que hacer. No piensen ustedes mal. Fue un acto de compasión. Tras acercarme por detrás como un cuco sobrevolando el nido ajeno, de un corte bastante limpio le seccioné la yugular. No fue una decisión mía, sino de la providencia, que delegó en mí para liberar aquella alma atormentada del lastre de la existencia corpórea. En la última mirada muda que me dirigió mientras se desangraba vislumbré un destello de entendimiento, incluso de gratitud. Cuando por fin hubo expirado, extraje unos billetes de la cartera de Mariano para que el móvil del homicidio pareciera un robo y me fui de allí con la satisfacción de haber ayudado a un amigo, al que perdono de corazón el haber sido un pelmazo hasta el final.
Tengo para mí que el primer deber de una persona es el de ayudar a encontrar su propio camino al prójimo que se halla desnortado. No decirle cuál es, sino darle alguna herramienta para que él lo encuentre por sí mismo. Ese fin y no otro me impulsó en mi ya algo lejana juventud a convertirme en lo que soy, catedrático de filosofía. No obstante, trato de interferir lo menos posible en la vida de mis alumnos, salvo en casos desesperados como el de Catalina, una chica de 16 años. No vayan a pensar ustedes mal, no tomé con ella la misma medida que con Mariano. Sucedió que sus notas habían decaído alarmantemente en el último trimestre. De un comportamiento modélico había pasado a la estulticia propia de una adolescente silvestre y descerebrada. De modo que, al terminar una clase, la insté a que hiciera el favor pasara a verme por mi despacho, a última hora:
-Catalina, haz el favor de pasar a verme a mi despacho, a última hora -fueron, en efecto, mis palabras.
Se personó con su carpeta entre los brazos e identifiqué de inmediato la raíz de su mal: llevaba la carpeta forrada con decenas de fotos del futbolista Fernando Torres. Con la casaca del Liverpool y con la de España, el apolíneo efebo aparecía siempre vestido de un rojo tan encendido como la obsesión enfermiza que sufría la desventurada chica. Entre hondos suspiros que agitaban su esbelta figura, me confesó que llevaba noches sin dormir pensando en él y en cuándo le contestaría a alguna de sus cartas.
-Yo sé que hay algo entre él y yo, profe, por abusurdo que parezca. Sé que no estoy bien, que podría salir con algún chico del instituto, mas esta pasión enardecida me arrastra y me posee una fuerza inusitada y siento que mi vida es un estéril derroche de espacio y de tiempo encaminado a la nada.
También ella estaba alienada. También ella hablaba como un poeta de vía estrecha. Se quitaba cada poco sus gruesas gafas para enjuagarse las lágrimas que le inundaban los ojos.
-Luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Lo... Catalina. Anda, ven, siéntate aquí, a mi lado.
No piensen ustedes mal. El deseo que me despertaba su joven sensualidad no era nada en comparación con mi voluntad de exorcizarla. Aunque se resistió al principio, pronto cedió a mi superioridad física y se entregó a mí. Ayudó el hecho de que llevara falda. El reloj avanzaba despacio e inexorable. Creo que la aguja llegó a dar dos vueltas completas. Al segundero me refiero -qué quieren, en cualquier momento podía asomar alguien por la puerta-.
Al terminar, quedóse lívida y sin habla la muchacha, momento que aproveché para hacerle ver la conveniencia de guardar silencio.
-El árbol caído en el bosque no ha hecho ruido si los que lo oyeron derrumbarse callan por siempre. Si lo contaras, sería tu palabra contra la mía, yo ganaría el litigio y sobre ti pesaría siempre la sospecha. No sé qué sería peor para ti: si el estigma de haber mantenido relaciones voluntariamente con un profesor o la desgracia de haber sido violada. Te sugiero que no mires atrás, no sea que te conviertas en estatua de sal. Céntrate en tus estudios, sal con tus amigas, haz una vida normal.
Con una experiencia traumática a la que sobreponerse, dejaría de comerse la cabeza con su amor imposible. Una vez más supe que había hecho lo correcto y me dejé mecer por la sensación de bienestar que nos otorga el ayudar a nuestros semejantes, pero sin caer en la autocomplacencia. Después de todo, no me correspondía más mérito que el de cumplir fielmente con las directrices del destino.
Cerré la puerta de mi despacho y salí a la calle, sobre la que la noche comenzaba un nuevo reinado. Invisibles la luna y las estrellas, quizá el viento helado me soplaría al oído el rumbo hacia mi próxima buena obra.
jueves 9 de abril de 2009
Chapter 15: Murky on the Rocks
It was tasty and juicy, hot and spicy, even vulgar and slightly dirty. He stuffed himself with it. Max indulged and relished his breakfast, consisting on fried eggs, bacon, sausages, bread and a pint of ale to help it all go down, without rush, and he noticed that the intercourse with the girl had left a similar impression in him. Then he walked back to the bedroom and saw a knotted sheath in the corner where he had thrown it away a few hours before. As he picked it up he saw that it was dripping. Crap. Fuck's sake. It had happened. He might possibly have impregnated that girl for whom he did not care at all and never would. A mixture of self-hatred, rage and fear took seize of him. Which the girl, who had just woken up, noticed and celebrated with a naughty giggle. He struggled not to leap on her and strangle her at once. Instead, he acted aloof in order to make her understand with his terseness that he wanted her away from the house as soon as possible. Clara understood and left, not without reminding him the ace she might possibly had up her sleeve:
'See you soon, maybe in a few days.' Only to turn back to ask him for a lift, for it was in his car that he had got there.
Every single day gone by meant a puff of hope to Max. No, she could not be. It was so unlikely. Yet the anxiety remained for three or four weeks, depite his focusing on the numerous shoes he had to repair, his boxing lessons in the evenings, the large amounts of beer he quaffed and the magnificient views of the valley that he enjoyed from his verandah. Warmer nights preluded the arrival of spring. Birds and insects got more numerous and had to share the clean air with floating particles which became the nuisance of graceful kings as well as of industrious workers. Life was beautiful, after all.
One fine morning, while Max was working in the workshop and Jack the dog was idling on the lawn, someone knocked on the door. Twice. He opened it and the postman said:
'Hi Max, I've got a registered letter for you. I need you to sign here.'
The moment the door banged, he had already teared the envelope open. The letter went:
'Dear, I am three months pregant. Regards, Kara.'
Three months. It seemed so long ago when he thought he had broken free from his old life. He sighed and quickly assumed the new scenario. In a few minutes, he packed and got on the car. He left Jack with a neighbour after explaining to the man that he would be a few days away. On his way to the city, there were some mountains he would have to go through. He was driving along a bendy road on the edge of a cliff when it happened. Not even an omniscient narrator could discern whether he did it on purpose or it happened accidentally. The fact remains that he was driving too fast and at a certain point the trajectory of the car kept far too straight for a sharp bend, making the car plunge over the cliff and glide in the air for a few seconds before finally hitting the bottom and exploding. He did not yell. He did not show any regret. In fact, one could say that a sort of sardonic grin showed up on his face just until he met the waiting rocks.
End of the story
(Many thanks to those --if there is someone-- who have taken the trouble to read the fifteen chapters. Needless to say, your impressions would be of great interest to me.)
'See you soon, maybe in a few days.' Only to turn back to ask him for a lift, for it was in his car that he had got there.
Every single day gone by meant a puff of hope to Max. No, she could not be. It was so unlikely. Yet the anxiety remained for three or four weeks, depite his focusing on the numerous shoes he had to repair, his boxing lessons in the evenings, the large amounts of beer he quaffed and the magnificient views of the valley that he enjoyed from his verandah. Warmer nights preluded the arrival of spring. Birds and insects got more numerous and had to share the clean air with floating particles which became the nuisance of graceful kings as well as of industrious workers. Life was beautiful, after all.
One fine morning, while Max was working in the workshop and Jack the dog was idling on the lawn, someone knocked on the door. Twice. He opened it and the postman said:
'Hi Max, I've got a registered letter for you. I need you to sign here.'
The moment the door banged, he had already teared the envelope open. The letter went:
'Dear, I am three months pregant. Regards, Kara.'
Three months. It seemed so long ago when he thought he had broken free from his old life. He sighed and quickly assumed the new scenario. In a few minutes, he packed and got on the car. He left Jack with a neighbour after explaining to the man that he would be a few days away. On his way to the city, there were some mountains he would have to go through. He was driving along a bendy road on the edge of a cliff when it happened. Not even an omniscient narrator could discern whether he did it on purpose or it happened accidentally. The fact remains that he was driving too fast and at a certain point the trajectory of the car kept far too straight for a sharp bend, making the car plunge over the cliff and glide in the air for a few seconds before finally hitting the bottom and exploding. He did not yell. He did not show any regret. In fact, one could say that a sort of sardonic grin showed up on his face just until he met the waiting rocks.
End of the story
(Many thanks to those --if there is someone-- who have taken the trouble to read the fifteen chapters. Needless to say, your impressions would be of great interest to me.)
domingo 15 de marzo de 2009
Gran Torino
Algunos maestros del noble arte del kárate tienen por costumbre referir a sus pupilos alguna que otra parábola de filosofía oriental. Explican que debemos movernos con la fluidez del agua o del aire para adquirir en el instante preciso la solidez de la piedra; o que la relajación debe preceder y seguir a la contracción, así como en una partitura el silencio acompaña al sonido, o el espacio en blanco predominante en el lienzo de un cuadro japonés da armonía al conjunto.
No es ése el caso del maestro bajo cuyas instrucciones entreno ahora en Madrid, pese a que su sexto dan (que se dice pronto) seguramente lo acreditaría para ello, sino que opta más bien por un discurso llano, escueto y sencillo de recordar, muestra del cual transcribo a continuación.
A los 20 años hay que estar fuerte.
A los 30 años hay que estar fuerte.
A los 40 años hay que estar fuerte.
A los 50 años hay que estar fuerte.
A los 60 años, un poco menos.
A los 70, 80, 90 años, un poco menos, pero también.
¿Se puede conseguir tal cosa? Depende. Si uno se llama Clint y se apellida Eastwood, por ejemplo, está claro que sí. En Gran Torino el casi octogenario monstruo de la gran pantalla demuestra que sigue en forma dirigiéndose a sí mismo en el pellejo de Walt Kowalski, un veterano de guerra que se acaba de quedar viudo y del que sus dos hijos y respectivas familias pasan mucho y con aburguesada diplomacia. Un abuelete gruñón y solitario de la América profunda, lleno de prejuicios hacia sus vecinos orientales y de paso hacia el resto del mundo, va a descubrir --'Aún aprendo,' dijeron otros maestros de otras artes-- que la clave fundamental que determina quiénes somos nosotros y quiénes son ellos no está en la nacionalidad, la etnia o la raza, ni en la edad, ni siquiera en la consanguinidad, sino en la decencia o la vileza de cada individuo. Es la tragedia de un héroe o antihéroe --qué más da-- al que le sobran malas pulgas y coraje para afrontar la catarsis con la que redimir sus faltas y alegrarnos el día una vez más.
Porque si alguna vez alguien se preguntó qué habría sido de Harry Callahan, aquel cruzado con placa y pistolón, en su vejez, la respuesta no está en el viento, sino en el viejo Walt. O qué fue de Josey Wales, el forajido que escupía tabaco con la misma facilidad que acribillaba adversarios en la Guerra de Secesión. O de Philo Beddoe, el camionero pueblerino que repartía mamporros a diestro y siniestro y no se separaba de su chimpancé. O de aquel perdonavidas malhablado sargento de hierro. O del menos conocido Honkytonk Man que buscaba la gloria por los escenarios de los bares de carretera tosiendo sangre entre una canción y la siguiente. Todos han vuelto para reencontrarse en este, quizá último, de los personajes encarnados por el tío Clint. Por eso, al aproximarse el clímax de la película, uno no puede evitar acordarse de cuando al imperdonable William Munny, cazarrecompensas metido a criador de cerdos, se le hinchan los cojones y pregunta por el dueño de aquella pocilga adornada con el cadáver de su amigo, justo antes de disponerse para la matanza final. Sólo que nuestro héroe no vive en el Viejo Oeste; el viejo es él, pero tiene un as en la manga y no le tiembla el pulso.
No hay caras conocidas (aunque la chica es clavada a una alumna muy maja que tuve yo en Londres, hola Grace) entre el impecable reparto encabezado por un Eastwood que se come la pantalla a lo largo de una historia que fluye sin pausa ni prisa. Doy fe, desde mi perspectiva tan subjetiva como la de cualquier otro, de que el espectador no percibe ni por un instante que está presenciando una obra de ficción audiovisual: no se nota la cámara, se ve por ella; no se ve a actores interpretando, se conoce a los personajes. La magia de las buenas películas, o sea. Así que si no las has visto, amigo (o no) lector, hazte el favor de acercarte antes de que cante el gallo al cine más cercano a ver esta joya con nombre de coche antiguo. Es justo y necesario.
No es ése el caso del maestro bajo cuyas instrucciones entreno ahora en Madrid, pese a que su sexto dan (que se dice pronto) seguramente lo acreditaría para ello, sino que opta más bien por un discurso llano, escueto y sencillo de recordar, muestra del cual transcribo a continuación.
A los 20 años hay que estar fuerte.
A los 30 años hay que estar fuerte.
A los 40 años hay que estar fuerte.
A los 50 años hay que estar fuerte.
A los 60 años, un poco menos.
A los 70, 80, 90 años, un poco menos, pero también.
¿Se puede conseguir tal cosa? Depende. Si uno se llama Clint y se apellida Eastwood, por ejemplo, está claro que sí. En Gran Torino el casi octogenario monstruo de la gran pantalla demuestra que sigue en forma dirigiéndose a sí mismo en el pellejo de Walt Kowalski, un veterano de guerra que se acaba de quedar viudo y del que sus dos hijos y respectivas familias pasan mucho y con aburguesada diplomacia. Un abuelete gruñón y solitario de la América profunda, lleno de prejuicios hacia sus vecinos orientales y de paso hacia el resto del mundo, va a descubrir --'Aún aprendo,' dijeron otros maestros de otras artes-- que la clave fundamental que determina quiénes somos nosotros y quiénes son ellos no está en la nacionalidad, la etnia o la raza, ni en la edad, ni siquiera en la consanguinidad, sino en la decencia o la vileza de cada individuo. Es la tragedia de un héroe o antihéroe --qué más da-- al que le sobran malas pulgas y coraje para afrontar la catarsis con la que redimir sus faltas y alegrarnos el día una vez más.
Porque si alguna vez alguien se preguntó qué habría sido de Harry Callahan, aquel cruzado con placa y pistolón, en su vejez, la respuesta no está en el viento, sino en el viejo Walt. O qué fue de Josey Wales, el forajido que escupía tabaco con la misma facilidad que acribillaba adversarios en la Guerra de Secesión. O de Philo Beddoe, el camionero pueblerino que repartía mamporros a diestro y siniestro y no se separaba de su chimpancé. O de aquel perdonavidas malhablado sargento de hierro. O del menos conocido Honkytonk Man que buscaba la gloria por los escenarios de los bares de carretera tosiendo sangre entre una canción y la siguiente. Todos han vuelto para reencontrarse en este, quizá último, de los personajes encarnados por el tío Clint. Por eso, al aproximarse el clímax de la película, uno no puede evitar acordarse de cuando al imperdonable William Munny, cazarrecompensas metido a criador de cerdos, se le hinchan los cojones y pregunta por el dueño de aquella pocilga adornada con el cadáver de su amigo, justo antes de disponerse para la matanza final. Sólo que nuestro héroe no vive en el Viejo Oeste; el viejo es él, pero tiene un as en la manga y no le tiembla el pulso.
No hay caras conocidas (aunque la chica es clavada a una alumna muy maja que tuve yo en Londres, hola Grace) entre el impecable reparto encabezado por un Eastwood que se come la pantalla a lo largo de una historia que fluye sin pausa ni prisa. Doy fe, desde mi perspectiva tan subjetiva como la de cualquier otro, de que el espectador no percibe ni por un instante que está presenciando una obra de ficción audiovisual: no se nota la cámara, se ve por ella; no se ve a actores interpretando, se conoce a los personajes. La magia de las buenas películas, o sea. Así que si no las has visto, amigo (o no) lector, hazte el favor de acercarte antes de que cante el gallo al cine más cercano a ver esta joya con nombre de coche antiguo. Es justo y necesario.
jueves 19 de febrero de 2009
Chapter 14: A Night at the Nightclub
One fine Saturday evening the two buddies were both ready and willing to hunt. Max set Jack loose and the noble beast threw himself slope down, where he would prowl around the cottages until he found a nice bitch to copulate with. The not so noble Max, on his part, was brooding quite the same plan for himself. Unlike the dog, he would need to spruce up a little, though, he grudgingly realized as he stroked his scruffy beard and balanced on a chair at the verandah. And also unlike Jack, he would not get himself a female while running freely; he needed a suitable place, and that place would have to be the large nightclub where all the young (and not so young) single people of the village and the neighbouring area used to gather on Saturday nights in order to pull somebody. So, without giving it more thought, he got into the house and did spruce up. Half an hour later, showered, saved, properly groomed and dressed, he almost resembled the neat man he used to be. The tickling in his stomach almost reminded him of what he used to feel like when he was twenty years younger.
Creo que empieso a entender
Que nos deseábamos desde antes de naser
Tengo el presentimiento de que empiesa la aksión
Y las mujeres somos las de la intuisión
The music wrapped the overwhelming jungle of young (and not so young) people, voices and smoke that welcomed Max as he got off his car and entered the nightclub. Most of the customers were looking for a sexual encounter, most of them were drunk and not few were high on some drug or another. It was all perfectly pathetic, he thought, deliciously tacky. Local guys clumsily fought visitors from the other village on the charge of 'coming to take our women from us' or for supporting the wrong football club. Local women proudly wielded their weapons --generous cleavages, short skirts, naked shoulders, glossy lips. Among that tide of young (and not so young) people Max just had to skulk confidently with a glass of whiskey in his right hand witing for his prey to show up. First he noticed a beautiful slim brunette in her late twenties who seemd to be somehow above all the surrounding mob. Whereas a lot of blokes were staring at her and actually drooling for her, she ignored them all. Max approached her calmly, stood right in front of her and said 'hi'. The girl turned away after giving him a short disparaging glance. Some whiskeys later, a stout middle-aged woman approached him while he was leaning on a crowded counter, standing with his back to the bar.
'You alone, love?' she asked in an harsh unpleasant voice.
Finding her utterly repulsive, he made a desperate attempt to make his flooded brain cells contrive a diplomatic flight. Discarding the possibility of a silly excuse --for it was two in the morning and he was there by himself obviously waiting for something to happen, he suddenly found the key to get away from the awkard situation:
'Oh, there she is. Please excuse me. She must have been searching me for ages.'
Some five or six metres away, on the dance floor, he had spotted a little redhead who was pretending to have fun with his two ladyfriends while innerly longing for a man. Neither too young nor too old, neither too pretty nor unattractive, definitely horny, Max estimated. He did not hesitate a moment to use his hands to open his way up to her among the crowd of young (and not so young) people. He introduced himself to her recalling his abandoned sophisticated manners, and that was the beginning of some hours of fun for both of them.
Naturally, Max and his new friend Clara saw the Sunday morning from Max's bed. Which was exactly what he wanted, except for a little detail that made him turn pale and curse the already middle-aged day.
(To be continued, I'm afraid.)
Creo que empieso a entender
Que nos deseábamos desde antes de naser
Tengo el presentimiento de que empiesa la aksión
Y las mujeres somos las de la intuisión
The music wrapped the overwhelming jungle of young (and not so young) people, voices and smoke that welcomed Max as he got off his car and entered the nightclub. Most of the customers were looking for a sexual encounter, most of them were drunk and not few were high on some drug or another. It was all perfectly pathetic, he thought, deliciously tacky. Local guys clumsily fought visitors from the other village on the charge of 'coming to take our women from us' or for supporting the wrong football club. Local women proudly wielded their weapons --generous cleavages, short skirts, naked shoulders, glossy lips. Among that tide of young (and not so young) people Max just had to skulk confidently with a glass of whiskey in his right hand witing for his prey to show up. First he noticed a beautiful slim brunette in her late twenties who seemd to be somehow above all the surrounding mob. Whereas a lot of blokes were staring at her and actually drooling for her, she ignored them all. Max approached her calmly, stood right in front of her and said 'hi'. The girl turned away after giving him a short disparaging glance. Some whiskeys later, a stout middle-aged woman approached him while he was leaning on a crowded counter, standing with his back to the bar.
'You alone, love?' she asked in an harsh unpleasant voice.
Finding her utterly repulsive, he made a desperate attempt to make his flooded brain cells contrive a diplomatic flight. Discarding the possibility of a silly excuse --for it was two in the morning and he was there by himself obviously waiting for something to happen, he suddenly found the key to get away from the awkard situation:
'Oh, there she is. Please excuse me. She must have been searching me for ages.'
Some five or six metres away, on the dance floor, he had spotted a little redhead who was pretending to have fun with his two ladyfriends while innerly longing for a man. Neither too young nor too old, neither too pretty nor unattractive, definitely horny, Max estimated. He did not hesitate a moment to use his hands to open his way up to her among the crowd of young (and not so young) people. He introduced himself to her recalling his abandoned sophisticated manners, and that was the beginning of some hours of fun for both of them.
Naturally, Max and his new friend Clara saw the Sunday morning from Max's bed. Which was exactly what he wanted, except for a little detail that made him turn pale and curse the already middle-aged day.
(To be continued, I'm afraid.)
domingo 11 de enero de 2009
Chapter 13: A Singular Pair
The small cottage stood at the top of a hill facing the valley where the old village laid. The last two decades had transformed the village significantly: many of the roads and streets had been improved, new buildings had been constructed and its population had grown from five to ten thousand; it all looked more modern and neat. It was the same old place and at the same time it was not. The cottage, however, had deteriorated as no one had inhabited it for five years. There was a lot of work to do on the lawn to start with, Max noticed as the headlights illuminated it for a moment. Then he parked, got off the car and took a deep breath of the clean night air. Only a few tiny lights could be seen down in the valley, making the hometown he had left when he was eighteen look now like a toy abandoned in a dark room. He had a glance at it and thought: 'Boy am I tired.'
On the following days he was very busy with tasks such as cleaning the house, cutting the lawn, recalling the trade of shoemaker or training Jack the dog. Every now and then a neighbour or and old acquaintance showed up to say hello. Max did not mind briefly explaining that he had split up with his wife and resigned from his job in the city, for actually he did not care about anything at all. He ate when he was hungry, drank when he felt thirsty and so on and so forth. Not a trace of doubt or remorse was bound to survive in his mind for longer than a second. In the evenings he used to go to the village along with Jack in order to do the shopping and publicize his business. He also joined a gym where he started taking boxing lessons at the rate of one hour a day. Much to everybody's mockery, he rarely talked of himself in the singular, opting instead for statements such as:
'Indeed, sir, Jack and I have been living here for a couple of weeks by now.'
'Madam, can we have a few more pork ribs, please? Jack and myself are very fond of them.'
'It's a shame it doesn't rain, but we take advantage of it by going for a run every morning.'
'Yeah, we just came down for a walk, after working all day long.'
On one of those walks they went to the riverside, where a dense forest grew. At one point, Max took his mobile phone out of a pocket and threw it away towards a clear in the forest. Jack ran excitedly after it and fetched it with his powerful teeth. Max threw it over and over again, as they were both enjoying the game, while one's peals of laughter resounded in the dusk and made a mad choir with the other's barks, until some half hour later they gave it up out of exhaustion. Then Max turned to the river and flung what remained of his mobile there, right on the the middle of the stream. They sat on a rock in front of the river.
'I know, Jack, I know,' he said, patting the beast's back, 'it's about time we got ourselves some females.'
(To be continued.)
On the following days he was very busy with tasks such as cleaning the house, cutting the lawn, recalling the trade of shoemaker or training Jack the dog. Every now and then a neighbour or and old acquaintance showed up to say hello. Max did not mind briefly explaining that he had split up with his wife and resigned from his job in the city, for actually he did not care about anything at all. He ate when he was hungry, drank when he felt thirsty and so on and so forth. Not a trace of doubt or remorse was bound to survive in his mind for longer than a second. In the evenings he used to go to the village along with Jack in order to do the shopping and publicize his business. He also joined a gym where he started taking boxing lessons at the rate of one hour a day. Much to everybody's mockery, he rarely talked of himself in the singular, opting instead for statements such as:
'Indeed, sir, Jack and I have been living here for a couple of weeks by now.'
'Madam, can we have a few more pork ribs, please? Jack and myself are very fond of them.'
'It's a shame it doesn't rain, but we take advantage of it by going for a run every morning.'
'Yeah, we just came down for a walk, after working all day long.'
On one of those walks they went to the riverside, where a dense forest grew. At one point, Max took his mobile phone out of a pocket and threw it away towards a clear in the forest. Jack ran excitedly after it and fetched it with his powerful teeth. Max threw it over and over again, as they were both enjoying the game, while one's peals of laughter resounded in the dusk and made a mad choir with the other's barks, until some half hour later they gave it up out of exhaustion. Then Max turned to the river and flung what remained of his mobile there, right on the the middle of the stream. They sat on a rock in front of the river.
'I know, Jack, I know,' he said, patting the beast's back, 'it's about time we got ourselves some females.'
(To be continued.)
martes 23 de diciembre de 2008
Chapter 12: There's a Bad Moon on the Rise
There was a friend Max could turn to in his present situation: Frank, the dog breeder; the man who never pretended anything. As soon as he got on his car he made a quick call in order to check if Frank was at home and ready to receive him. He was, just as usual. Bad Moon Rising played on the radio.
He rang the bell from his car and the gate opened at once. He parked in front of the house and rang a second bell. The door opened and he saw a tall, lanky figure wearing and old tracksuit and beholding him with his customary expressionless countenance. He possesed the dignity of a dethroned king and irradiated the serenity of a Buddha. For one or two seconds none of them spoke.
'Are you coming in or are you waiting for a red carpet to walk on, hammerhead?'
'Damn it, it's freezing out here, Frank, how are you doing? Is none of your girlfriends at home?' He went straight to the living room, took of his coat and dropped on one of the sofas. 'I'd appreciate a cup of black coffee, by the way. I've got a journey to make tonight.'
'As Your Excellency desires. No, I'm on my own. No woman can take living next to the dogs for too long, because of the smell in the back garden and the noise, you know. But tell me, how's Kara?'
'Well, things have changed a big deal in the last month.'
He put his friend up to date, carefully omitting the incident in the street and the resulting unfortunate casualty. One day he met a waitress... and here he was now, having just dropped that woman for whom he had split with his wife, and on his way to start a new life as a shoemaker in his home village. Frank listened without making any gesture or remark whatsoever. When Max finished his account, he asked:
'So you're changing your successful life in civilization for an uncertain future somehow closer to nature.'
'I wouldn't put it better myself. You see, I had all I ever wanted, but I got sick of so much hypocrisy and greed, fed up with so many blackguards all around. Of course, I don't mean to say that I'm any better than them, I just couldn't take this environment, this rotten society, any longer.'
'I hope you're not taking nature for some kind of Garden of Eden. It's lethal. A snake can devour you in a forest as easily as a tsunami can sweep off a whole town.'
'At least it has some rules; from now on I'll live in accordance to them. For me it's more a feeling than a thought. Weird as it may seem, I don't really care for anything or anyone. And since I've got no children, what the heck, nothing ties me here. Does it make sense to you?'
'You're talking to a guy who spends most of his time with dogs.'
'Which takes me to the practical purpose of my visit. Would you have any puppy I can have? It will serve me as a daily source of inspiration.'
'Put on your coat and let's have a look.'
'Hey, Max, how about this one here?'
'What?' The racket made by the dogs had stunned Max for a moment.
'Come and have a look at this young German Shepherd.'
He obeyed and watched the black lean specimen. It looked back at them from his cage, cool, unruffled, standing on his four legs, instintictively aware that a decision concerning him was pending.
'I'll take it.'
'Good choice. His name's Jack. I'll give you a handbook, for I assume you have no knowledge about dogs.'
'Well, they're mammals, they're man's best friend. Is there much else to know?'
'A few things, you'll see.'
'Anyway, how much do you want for it?'
'Get out of here.'
'Seriously, how much?'
'Just take your soulmate and get out of here before I kick your arse.'
Max put Jack in the car and headed towards his house, where he still had to pick up a few things before leaving. In normal circumstances, some doubts, even regrets, might strike him. However, he had got rid of those habits --thinking, hesitating-- which he considered pernicious. It was time for some new action.
(To be continued.)
He rang the bell from his car and the gate opened at once. He parked in front of the house and rang a second bell. The door opened and he saw a tall, lanky figure wearing and old tracksuit and beholding him with his customary expressionless countenance. He possesed the dignity of a dethroned king and irradiated the serenity of a Buddha. For one or two seconds none of them spoke.
'Are you coming in or are you waiting for a red carpet to walk on, hammerhead?'
'Damn it, it's freezing out here, Frank, how are you doing? Is none of your girlfriends at home?' He went straight to the living room, took of his coat and dropped on one of the sofas. 'I'd appreciate a cup of black coffee, by the way. I've got a journey to make tonight.'
'As Your Excellency desires. No, I'm on my own. No woman can take living next to the dogs for too long, because of the smell in the back garden and the noise, you know. But tell me, how's Kara?'
'Well, things have changed a big deal in the last month.'
He put his friend up to date, carefully omitting the incident in the street and the resulting unfortunate casualty. One day he met a waitress... and here he was now, having just dropped that woman for whom he had split with his wife, and on his way to start a new life as a shoemaker in his home village. Frank listened without making any gesture or remark whatsoever. When Max finished his account, he asked:
'So you're changing your successful life in civilization for an uncertain future somehow closer to nature.'
'I wouldn't put it better myself. You see, I had all I ever wanted, but I got sick of so much hypocrisy and greed, fed up with so many blackguards all around. Of course, I don't mean to say that I'm any better than them, I just couldn't take this environment, this rotten society, any longer.'
'I hope you're not taking nature for some kind of Garden of Eden. It's lethal. A snake can devour you in a forest as easily as a tsunami can sweep off a whole town.'
'At least it has some rules; from now on I'll live in accordance to them. For me it's more a feeling than a thought. Weird as it may seem, I don't really care for anything or anyone. And since I've got no children, what the heck, nothing ties me here. Does it make sense to you?'
'You're talking to a guy who spends most of his time with dogs.'
'Which takes me to the practical purpose of my visit. Would you have any puppy I can have? It will serve me as a daily source of inspiration.'
'Put on your coat and let's have a look.'
'Hey, Max, how about this one here?'
'What?' The racket made by the dogs had stunned Max for a moment.
'Come and have a look at this young German Shepherd.'
He obeyed and watched the black lean specimen. It looked back at them from his cage, cool, unruffled, standing on his four legs, instintictively aware that a decision concerning him was pending.
'I'll take it.'
'Good choice. His name's Jack. I'll give you a handbook, for I assume you have no knowledge about dogs.'
'Well, they're mammals, they're man's best friend. Is there much else to know?'
'A few things, you'll see.'
'Anyway, how much do you want for it?'
'Get out of here.'
'Seriously, how much?'
'Just take your soulmate and get out of here before I kick your arse.'
Max put Jack in the car and headed towards his house, where he still had to pick up a few things before leaving. In normal circumstances, some doubts, even regrets, might strike him. However, he had got rid of those habits --thinking, hesitating-- which he considered pernicious. It was time for some new action.
(To be continued.)
miércoles 3 de diciembre de 2008
Que dice que es Farrel
Vaya desde aquí mi enhorabuena a los organizadores del cuadragésimosexto Festival Internacional de Cine de Gijón, y mi agradecimiento porque se haya podido ver en esta ciudad cine independiente en versión original y a precios módicos, aunque sólo fuera por una semana. Lástima que el resto del año no haya otra cosa que Hollywood doblado y la por la general lamentable industria española de los mortadelos adulterados y los orfanatos encantados. De lo poco que vi del festival, me impactó la neozelandesa A Song of Good, violenta tragicomedia en torno a un joven alienado en busca de su catarsis personal, y me deslumbró la francesa Entre les murs (La clase), que destila impecablemente y sin pretensiones lo que sucede entre las paredes de un instituto de secundaria. Me sorprendió que la soporífera Liverpool, de un tal Lisandro Alonso, se llevase el premio al mejor largometraje. Se trata, según los entendidos, de una obra poética, profunda y reflexiva; de una propuesta arriesgada, personal y sin concesiones. En esto último llevan razón: a mí no me concedió ni un minuto de entretenimiento. Durante su proyección no veía la hora de que se terminase (lo cual es literalmente cierto: mi reloj no tiene luz). Todo lo poco que ocurre en este bodrio se podría contar en un cortometraje de diez minutos --y aun así resultaría tedioso-- sólo con no estirar cada secuencia hasta el hastío. Nada me transmitieron sus bellos paisajes ni su silencio apenas interrumpido a lo largo de 84 minutos eternos. Tanto es así, que no veo inconveniente en destripar el porqué del título inglés en una historia (?) desarrollada en el sur de Argentina: es por un llavero que el insulso protagonista, marinero de profesión, le regala antes de marcharse a la chica deficiente, que igual es su hija. Por supuesto, quizá sea yo quien no supo ver el tesoro que se mostraba, ni captar los mensajes telepáticos emitidos por el filme; pero diré en mi descargo que, a diferencia de lo que pasaba con otras proyecciones, éramos cuatro gatos en la sala y al terminar no aplaudió nadie.
Toda vez que al parecer en esta lentitud estática y vacía radica el cine de calidad independiente, no veo por qué no se podría filmar otra futura obra maestra partiendo del texto que expongo a continuación. Si alguien tiene medios e ilusión para producirla y realizarla, Aminomepreguntes cede a sus visitantes los derechos de este guión.
'Éxodo
Se ve un banco en un parque en un día nublado. Un hombre de mediana edad, con barba gris, abrigo negro y aspecto cansado, entra en escena con un periódico bajo el brazo. Toma asiento en la parte derecha del banco según se mira, pasa su pierna derecha sobre la izquierda y se dispone a leer el períodico, pasando las páginas una a una. No hay música, si acaso algún pájaro que pase por allí. Apróximadamente hora y media después, una mujer discretamente elegante, coetánea del protagonista, entra en escena por la izquierda y se sienta en el otro extremo del banco.
MUJER: Buenas tardes.
HOMBRE: Hola, buenas tardes.
El hombre cambia la lectura por la resolución de un crucigrama, para lo cual extrae un bolígrafo del bolsillo de su camisa. La mujer enciende un cigarrillo y fuma mirando hacia delante, a algún lugar lejano. Una hora más tarde, la mujer se levanta y desparece de la escena por donde había entrado. Otra media hora y el hombre abandona el períodico, doblado por la página del crucigrama, y se va por la izquierda de la pantalla. Primer plano del periódico. En su esquina superior derecha se lee la palabra 'éxodo'.
Fin'
Esta obra presentaría la interesante novedad (es algo cuanto menos inusual) de no contener elipsis alguna ni tampoco estar narrada en tiempo real, sino que el metraje se alargaría más allá del tiempo de la acción. O sea, que el reloj de los personajes va más lento que el del espectador. ¿No es maravilloso? Esto se consigue, no con cámara lenta, sino mediante el ingenioso artificio de repetir imágenes desde distintos planos, en este caso tres: el general, el del hombre y el de la mujer. Uno de los encantos del largometraje consistiría en dilucidar en qué momentos el tiempo está avanzando y en cuáles retrocede. Ya estoy viendo las críticas:
"Deliciosa muestra de lírica visual."
"Prodigioso alarde de emoción contenida."
"El director crea una atmósfera mágica en la que el tiempo se detiene al antojo de unos actores magistrales."
"En cada parpadeo de los personajes se oculta un maremoto de emociones y de vivencias que el espectador atento debe entresacar."
"La película más profunda de las tres últimas décadas."
"Un drama imprescindible que conmueve con desgarro callado."
Haber si alguien se anima. Para los papeles de los dos personajes vale casi cualquiera. No hace falta que sepan actuar; ni siquiera es preciso que vocalicen correctamente, bastaría con que gruñan, como los personajes de Liverpool. "Soy Farrel," le insiste el marinero alcohólico a su desmemoriada madre en la cinta comentada. Y a quién cojones le importa quién seas.
Toda vez que al parecer en esta lentitud estática y vacía radica el cine de calidad independiente, no veo por qué no se podría filmar otra futura obra maestra partiendo del texto que expongo a continuación. Si alguien tiene medios e ilusión para producirla y realizarla, Aminomepreguntes cede a sus visitantes los derechos de este guión.
'Éxodo
Se ve un banco en un parque en un día nublado. Un hombre de mediana edad, con barba gris, abrigo negro y aspecto cansado, entra en escena con un periódico bajo el brazo. Toma asiento en la parte derecha del banco según se mira, pasa su pierna derecha sobre la izquierda y se dispone a leer el períodico, pasando las páginas una a una. No hay música, si acaso algún pájaro que pase por allí. Apróximadamente hora y media después, una mujer discretamente elegante, coetánea del protagonista, entra en escena por la izquierda y se sienta en el otro extremo del banco.
MUJER: Buenas tardes.
HOMBRE: Hola, buenas tardes.
El hombre cambia la lectura por la resolución de un crucigrama, para lo cual extrae un bolígrafo del bolsillo de su camisa. La mujer enciende un cigarrillo y fuma mirando hacia delante, a algún lugar lejano. Una hora más tarde, la mujer se levanta y desparece de la escena por donde había entrado. Otra media hora y el hombre abandona el períodico, doblado por la página del crucigrama, y se va por la izquierda de la pantalla. Primer plano del periódico. En su esquina superior derecha se lee la palabra 'éxodo'.
Fin'
Esta obra presentaría la interesante novedad (es algo cuanto menos inusual) de no contener elipsis alguna ni tampoco estar narrada en tiempo real, sino que el metraje se alargaría más allá del tiempo de la acción. O sea, que el reloj de los personajes va más lento que el del espectador. ¿No es maravilloso? Esto se consigue, no con cámara lenta, sino mediante el ingenioso artificio de repetir imágenes desde distintos planos, en este caso tres: el general, el del hombre y el de la mujer. Uno de los encantos del largometraje consistiría en dilucidar en qué momentos el tiempo está avanzando y en cuáles retrocede. Ya estoy viendo las críticas:
"Deliciosa muestra de lírica visual."
"Prodigioso alarde de emoción contenida."
"El director crea una atmósfera mágica en la que el tiempo se detiene al antojo de unos actores magistrales."
"En cada parpadeo de los personajes se oculta un maremoto de emociones y de vivencias que el espectador atento debe entresacar."
"La película más profunda de las tres últimas décadas."
"Un drama imprescindible que conmueve con desgarro callado."
Haber si alguien se anima. Para los papeles de los dos personajes vale casi cualquiera. No hace falta que sepan actuar; ni siquiera es preciso que vocalicen correctamente, bastaría con que gruñan, como los personajes de Liverpool. "Soy Farrel," le insiste el marinero alcohólico a su desmemoriada madre en la cinta comentada. Y a quién cojones le importa quién seas.
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